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LA LENGUA KAKAN - LA GRAN INCOGNITA

 

Por: Ing. Agr. Daniel Ricardo Herrera

La infancia pasó como un gran vuelo de cóndor, donde todo lo que observaban mis ojos se transformaba en misterios, que apiñados en un rincón, no sé si de la memoria o el corazón, crearon una pequeña hoguera de preguntas sencillas, emanadas sobre el tiempo de mis ancestros: ¿Quiénes eran?, ¿Dónde están?, ¿Cómo hablaban? ¿Desde cuando estaban? Solo quedaban “las antiguas” de varias culturas arqueológicas, sacadas por los huaqueros, que ante mis ojos solo eran mudos testigos de un pasado insondable.
Mientras crecía, escuchaba a mi madre decir: ¡Vivimos dentro de un porongo! Belén es un valle rodeado de cerros, como un gran abrazo, donde solo nos deja el sur, por el que entra soplando Huayrapuca, para darnos el único horizonte teñido de color greda, cocinada al sol en tierra y sangre de los ausentes, y yo, con mi infancia a cuestas, salía a su encuentro corriendo en contra, con mi pecho desnudo y mi honda colgada al cuello. Por supuesto ignoraba lo que significaba Famayfil, su verdadero nombre, que los años me llevaron a comprender que posiblemente significara: “el abrazo que inicia o engendra”, de fama o wama: “engendrar o procrear” (156/163), y mafüln: “abrazo” (131/112). Que casualidad. La quebrada al norte de Belén, es el único paso natural entre la región andina acuñada en el valle de Hualfín, y por el sur  la región de influencia araucana. ¿Es casual acaso, que el departamento riojano limítrofe con Catamarca se llame Arauco? Y que hay de cierto, de que el sabio don Florentino Amehino, opinaba que el idioma aymara, había migrado desde el sur donde terminan las yungas, en los valles catamarcanos a las planicies del Alto Perú, dejando atrás su cuna de origen llamada proto-aymara? y, ¿Qué hay de cierto en la opinión de algunos autores sobre las migraciones araucanas hacia el noroeste argentino? Es casual que Belén se conozca como el potosí de la arqueología argentina y albergue en su seno las hadas hilanderas y tejedoras de lanas de oveja a las de vicuña, por lo que se le conoce como “la cuna del poncho”?
Agosto con sus vientos se llevaba los abuelos, y los que quedaban se aferraban a sus melgas de vid y alfalfa, con el sabido rezongo expresado a modo de resignación: ¡Ya viene el zonda a secarnos las chacras! Sin saberlo, escuchaba expresar el milenario miedo a las hambrunas, a pesar de los rituales del humaniyoc enviando su rogativa a través de la huilla, “la que avisa”, al hacedor de las calamidades, el siniestro Chiqui que pircaba su pucara de invierno, para avanzar sobre el territorio, con sus legiones de sequía y hambre.
Pero ahí estaba el yalí, el taco o algarrobo, de pie, chumando el (agua) en las entrañas del arenal para engendrar la primavera en una orgía de pichuscas, e iniciar la changa de llenar de miel las doradas vainas y derramarlas sobre la tierra y el hambre. Nuestro hombre nunca dejó de ser recolector, aún con el as de espada en la mano: el maíz. La aleatoriedad del clima así lo aconsejaba desde el inicio. Se acercaba enero, la llegada de Puyusca con su cántaro de aguas, hoy llamada sudestada, para regar la esperanza y ahogar el olvido de la sequía pasada.
En rondas de cuentos, donde el miedo se comía hasta los huesos, en la algarabía de las farras, en los carnavales donde las comparsas perfumaban el aire y el pueblo saboreaba la alegría de vivir, luego de la cosecha de algarroba, que aseguraba el tránsito de la prole sin necesidades en el próximo invierno, nacía como el ave fénix el pujllay, dios de la alegría, hijo de la chaya, el carnaval del hemisferio sur, licenciando los tabúes y las chinitas. En ese marco escuchaba a los viejos pronunciar palabras ya extinguidas, como minga, choco, pishi, achuma, shula, colcol, y otras tantas, que hoy son relitos en extinción. Mi padre por su parte, en sus viajes me obnubilaba con los topónimos, y yo solo soñaba con saber su significado.
La pregunta que más rondaba por mi mente era: ¿Cómo puede desaparecer de un plumazo el idioma de una nación cuyo territorio se extiende. Digo bien, SE EXTIENDE desde Coquimbo hasta el norte de Copiapó, ocupando la región del Norte Chico, con cinco valles transversales, donde a la fecha se inscriben 45 comunidades diaguitas; desde el Pacífico hasta el Río Dulce, o Misquimayo dirían los quichuistas, o mejor dicho el nombre muy anterior Peti, que significa camino en kunsa (01/92). ¿Era casual la merced de tierras otorgada al genocida y conquistador Diego de Almagro, llamada “Gobernación de la Nueva Toledo”, sobre un territorios de los 14 a 25ºls, y desde la costa del Pacífico con extensión de 100 leguas hacia el naciente, llegando al centro del territorio de Córdoba? Y ¿Qué decimos de la presencia de los calchaquíes del norte santafesino sobre la costa del Paraná?
De norte a sur dentro del territorio argentino, la presencia de la lengua kakana se extendía desde Casabindo o Casawindo, en la puna jujeña, donde Pedro Sotelo de Narváez dice: “cerca de la puna de los indios casabindos, que están cerca de los chichas cuya lengua hablan, además de la natural suya que es la diaguita” (80/67), a más prueba, tenemos la laguna, el cerro de 3869m, y un paraje, todos de nombre Cochagasta (pueblo de la laguna), donde gasta indica que hubo un pueblo, ubicados a 20km al este de Casabindo (Hoja 3c-Abra Pampa-Serv. Geo. Nac.), sin considerar la presencia del pueblo de los tomatas, cuya autodeterminación era copiapoes, asentados en el valle de Tarija, a la llegada de los españoles, posiblemente mitimaes desde la época del 11º inca Huayna Capac.
Por el sur, los rasgos de influencia se extienden hasta la mitad de Mendoza, donde abundan los patronímicos kakanos, e inclusive el valle de Uco, que significa “arcilla blanca” en kakán, y para mas dato, territorio de la cultura Agrelo, antecesora la cultura Molle, etapa temprana de los diaguitas chilenos. Luego llama la atención el nombre Hualfín, de un cacique pehuenche de Neuquén perseguido en 1879 por las fuerzas de Expedición del Desierto hasta la frontera con Chile (501/134).
En lo que respecta al ancho del territorio de influencia en suelo argentino, es posible intentar un límite este con la sierra de Horcones, al oeste de la cual se registraron las varias fundaciones derivadas de Esteco, como el topónimo Yatasto, “esquina de las víboras”; prolongando al sur la costa oeste del río Dulce, donde esta en demasía documentada la presencia de poblaciones diaguitas, con la terminación gasta, además de ser íntegro territorio de Cacanchíc, deidad de la fertilidad.
El norte de Córdoba, donde resido desde el año 90, y me desempeño como extensionista del INTA, me permitió recorrerlo y conocerlo en sus siete ecosistemas, desde los humedales del río Dulce, hasta las salinas Grandes o de Chulun y la de Ambasgasta, significando ello, abrir una gran Caja de Pandora, con su Cerro Colorado, que alberga la tercera concentración pictográfica de nuestras América del Sur, luego del Río Osmore en Perú y la quebrada de Iquique en Chile. Reserva casi olvidada por los cordobeses, que recién en menos de una década, la Universidad de Córdoba realizó la creación de la carrera de Antropología, luego de cuatro siglos de trayectoria, siendo la tercera fundada en 1613, luego de San Marcos, de Perú en 1551, y Santo Tomas, de Colombia en 1580. Pregunto: ¿Será esta la razón por la cual, hasta ahora no se conoce o existe ningún registro de las lenguas locales como el comechingón y sus dialectos?
En este contexto geopolítico, es de destacar la importancia del centro de riego más grande e importante del Tucumán en la época de la conquista, como lo era la provincia indígena de Quilino con una treintena de pueblos indios, con sus dos acequia de riego, la Ibramampa y la Chimampa, auto adjudicadas en encomienda por Gerónimo Luis de Cabrera, a meses de realizar la fundación de Córdoba. ¿Será este el motivo de la desobediencia al virrey, que le costó la vida alrededor de un año después, por no fundar una ciudad entre Salta y Jujuy, para asegurar el camino entre el Tucumán y Lima? Y no como cuenta la historia oficial, que “hizo la fundación de Córdoba, buscando la salida al Mar del Norte o Río de la Plata”, idea robada a su antecesor Aguirre. Otro dato a destacar, es el área de Valle Fértil en San Luis, donde se encuentran numerosos patronímicos originarios de los valles de Abaucán y Andalgalá, del oeste catamarqueño, signo de la expansión lingüística del kakán, sin dejar de mencionar a los michilingües de más al sur.  
Así nació la búsqueda sorda y constante en un camino sin regreso desde la adolescencia, luego en mi vida universitaria inicié la lectura y recolección de términos de origen aborigen, pasando por mis manos infinidad de libros y artículos buscando indicios sobre la lengua kakana, motivándome desde temprana edad, a armar una biblioteca temática que en la actualidad respalda la investigación y búsqueda.
La ausencia dolorosa casi total de información sobre el tema, me obligó a iniciar una búsqueda “en la vecindad”, donde “algo tenía que haber quedado por simple contacto”. Con estas consignas inicié el estudio de varias lenguas, extractando materiales de cada una de ellas, además de recolectar términos en todo lugar posible, abierto a todo tipo de personas en sus oficios, preparación y culturas, como en todo medio donde me fue posible estar, siempre anotando todo tipo de dato relacionado a la lengua.
La gran puerta de entrada fue el libro de don Samuel Lafone Quevedo, “Tesoro de Catamarqueñismos”, editado en 1875, fruto de su estadía en el oeste de Catamarca, en el paraje Pilciao, donde su familia lo envió a “hacerse cargo de una mina” con sus escasos 20 años, a su regreso de estudios de Europa.
De ahí en más, trabajé en las lenguas: araucano con sus dos dialectos: mapudugún y mapuche; huarpe con sus dos dialectos: allentiac y milcayac; puelche; comechingón con sus dos dialectos: camiare y henen; lule-tonocotec; cunza; aymara; cauqui y jacaru de la sierra sur de Lima; quichua, guaraní; algunas lenguas del Chaco y otras como el vilela que algunos autores consideran como un dialecto cercano al kakán en el área chaqueña.
Grande fue mi sorpresa, cuando entendí que existía una familia de lenguas llamada ARU, que estaban relacionadas en su génesis a la cultura arawac, que partió desde el golfo de Santa Marta, en Colombia hacia el sur, tras siglos de migración sobre el camino de las yungas, las cuales culminan en las sierras de Ambato y Ancasti de Catamarca, pertenecen a esta familia las lenguas muchic, quichua, aymara, cauqui, jacaru (07/13), chango, atacameño, diaguita (73/46), y hay quién arriman a este parentesco, al araucano. Pero mayor fue la alegría cuando inicié la comparación de algunos términos supuestamente kakanos con los materiales del cauqui, lengua que se considera como la más antigua de la citada familia, hoy refugiada en la sierra sur de Lima, en dos o tres poblaciones como Tupe con solo diez ancianos hablantes. Más aún, infinidad de términos adjudicados al quichua en la actualidad, son pertenecientes al cauqui.
Con el transcurso del tiempo, logré conformar un banco de datos que en la actualidad supera los 75.000 términos aborígenes de nuestra América del Sur, seccionados en tres líneas, por donde transcurre cada término: a) Archivo general, donde cada término ocupa su lugar de abacedario, lo que permite una inmediata relación con los adyacentes de diferente origen lingüístico; b) Conformación de carpetas temáticas específicas y c) Clasificación en relación a su posible origen idiomático, con la conformación de diccionarios de cada lengua tratada.
Por último, la feliz experiencia de saber la existencia de una hablante kakana, residente en Copiapó, motivo por el cual se realizó un primer viaje de encuentro e inicio de una relación, cuyo nombre es Karen Aravena Álvarez, con la cual  acordamos un método de trabajo que a la fecha está dando sus primeros frutos. Pero la alegría no estaba para nada completada, faltaba conocer a alguien de la misma importancia de este lado de la Cordillera, la Sra. Rita “Huayra” Cejas, que es la única persona que puede explicarnos el misterio de cinco siglos, sobre el profundo silencio de la lengua, donde autores e investigadores de la talla de Perito Moreno,  Lafone Quevedo, Adán Quiroga, Joaquín V. Gonzalez, Benedetti, y muchos otros, se fueron con las manos vacías y lo amargo de la duda en las entrañas, sobre la existencia real de la lengua.

Villa de María del Río Seco, Córdoba, 03 de Agosto de 2018.

 

 

 

 


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