Por Luchín Andolfi
a Salta de las dos últimas décadas del siglo XIX, guardaba costumbres ancestrales que habían trasplantado aquí las familias españolas, que en su mayoría arribaron al Valle de Lerma procedentes del Alto Perú, donde se había creado el primer virreinato en tierras sudamericanas, donde floreció, en gran medida, todo el boato que tuvo en su época la realeza española, allá en la lejana península ibérica, desde donde partían los lentos y solemnes galeones que hicieron la expedición de España por los cincos continentes y los siete mares del mundo.
Las costumbres eran harto severas, y la gente la seguía como un auténtico rito, que tenía la virtud de configurar la manera de ser y de sentir de las familias de toda la extensión de los dominios de España.
La mujer vivía en una estrecha condición. Era prácticamente esclava del hogar y de su esposo, que actuaba como dueño y señor dentro de la familia. La muerte de éste acarreaba luto permanente, y la viuda dedicaba los años de vida que le restaban, a guardar, en silencio, sus recuerdos que calladamente solían morir junto con ella. La emancipación de la república cambió las costumbres en general, pero en lo que se refiere a la acción legal, ya que, la costumbre familiar fue conservada austeramente por quienes se sentían descendientes de la realeza, y responsables de mantener esta tradición a través de una conducta ajustada a las vetustas costumbres.
Doña Mercedes, cuando corría el año 1887, fue una de las protagonistas de esta tradición, un tanto incomprensible para nuestros días. Era una joven y bella mujer cuando contrajo matrimonio, y vivía feliz dedicando todas las horas de su existencia a su amado esposo. Cuatro años transcurrieron desde el día de su boda, cumplida en la vieja iglesia de Cerrillos, cuando su marido, víctima de una angina de pecho, falleció imprevistamente.
La congoja la enmudeció ante el drama inesperado de la cual era involuntaria y principal protagonista. Su austeridad le impidió dar salida en su llanto a todo dolor que le oprimía desde el alma. Se encerró en su habitación, y durante tres días y tres noches, estuvo a solas con su tragedia, aliviando su angustia con el bálsamo de sus propias lágrimas. Salió de su encierro cambiada, con un rictus de amargura en los labios. En su habitación guardó las ropas de su esposo, y todos los recuerdos, donde al verlos revivía las horas dulces de su breve romance de amor. Se prometió no salir nunca a la calle, como penitencia, pues ello era el único pasatiempo que existía por aquel entonces.
Veía la primavera asomarse en las flores de un jazmín del Paraguay que crecía frente a su cuarto, en un amplio patio de la casona antigua, y contemplaba la llegada del invierno, en la escarcha que se irisaba con los primeros rayos del sol de las mañanas frías y despejadas del valle de Lerma. Las campanas le daban las distintas horas del día y se paseaba, ensimismada en sus recuerdos, entre la cocina y su habitación solitaria y sombría.
Su recuerdo y su dolor cobraban súbita vigencia, cuando se cumplía un aniversario de la muerte de su esposo. Entonces -dos días antes de la fecha- sacaba cuidadosamente la ropa de su desaparecido compañero, la limpiaba y aireaba, contemplándola en silencio, para después, en el día en que se cumplía un nuevo año de la infausta fecha, se encerraba en su habitación, para esconder su dolor y sus lágrimas que nunca quiso compartir con nadie.
Así, día tras día, año tras año, transcurrieron setenta aniversarios. No conocía el cine, y solamente había visto la calle pavimentada frente a la señorial casona donde pasaba tristemente su existencia. Tampoco conocía los adelantos que se iban operando en la ciudad, a medida que transcurría el tiempo.
Su belleza se esfumó poco a poco detrás de los años que pasaron, y apareció la vejez en el último tramo de su prolongada vida. La enfermedad no la postró cruelmente, como si luego de tan prolongado sufrimiento íntimo, un misteriosa piedad la protegió, hasta el día en que, musitando una oración, marchó, tal vez feliz, a reunirse con su amado esposo que la aguardaba en el desconocido mundo de las tinieblas.
Fuente: "Crónica del Noa" -23/02/1982
Relatos recopilados por la historiadora María Inés Garrido de Solá