No se trata de un acontecimiento aislado la fundación de
nuestra ciudad. En efecto, después de la expedición de
Almagro a Chile - en 1536 - que siguiera las huellas del inca Tupac
Yupanqui; de las de Diego de Rojas en 1543 y de Núñez
de Prado en 1550 al Tucumán y de las posteriores de Francisco
de Villagra (1551), Juan Pérez de Zurita (1558), Francisco de
Aguirre (1553), Diego Pacheco y otros, el valle de Salta, actualmente
llamado Valle de Lerma, fué considerado por las autoridades
del Virreynato del Perú y de la Real Audiencia de Charcas como
un punto de trascendental importancia estratégica y comercial.
Fué, sin duda, Francisco
de Aguirre quién proyectó fundar una ciudad en el valle de Salta,
de acuerdo a su vasto plan trazado respecto del actual territorio argentino.
De ahí que el Virrey don Francisco de Toledo en los nombramientos de
Gobernadores del Tucumán a favor de Gerónimo Luis de Cabrera (1571),
Gonzalo de Abreu y Figueroa (1575) y Hernando de Lerma (1577) los extendiera
``con la condición de fundar una ciudad en el valle de Salta'', y en
el sitio que mejor les pareciere, para contener a los indios chiriguanos y calchaquíes.
Cabrera no cumplió con su compromiso,
pero fundó la ciudad de Córdoba; Abreu y Figueroa fundó
dos veces la ciudad de Salta en el valle de Salta, bajo el nombre
de San Clemente de la Nueva Sevilla, más o menos a la entrada de la quebrada
de Escoipe, por Peñaflor, en el actual Departamento de Chicoana, según
lo comprueban documentos irrefutables que obran en nuestro poder. Con anterioridad,
Abreu fundó San Clemente en el valle Calchaquí, reedificando la
población que en ese punto hizo Zurita en 1559 bajo el nombre de Córdoba
de Calchaquí, próxima a la segunda ciudad del Barco fundada en
1551 por Núñez de Prado y más o menos cerca del actual
pueblo de San Carlos. La primera fundación de Abreu en Calchaquí
fué destruída por los naturales y reedificada en 1631 por el Gobernador
Albornoz, bajo el nombre de N. S. de Guadalupe. La segunda y tercera, asentadas
en Chicoana, también fueron destruídas.
Con anterioridad, en 1566, se echaron las
bases de una ciudad en Esteco y en 1567 la mandó fundar Diego Pacheco
bajo el nombre de N. S. de Talavera a 45 leguas al norte y a la misma altitud
de S. del Estero. En 1592 Ramírez y Velazco fundó Madrid de las
Juntas, en la unión de los ríos Piedras y Pasaje a 22 leguas de
Talavera y 22 de Salta y en 1609 el Gobernador Rivera despobló Talavera
y Madrid de las Juntas y pobló la ciudad de Talavera de Madrid a 3 leguas
de Madrid, 25 de Talavera y 28 de Jujuy, ciudad que comunmente es conocida por
Esteco, en atención al paraje o provincia en donde estaba situada y que,
como es sabido fué destruída por los terremotos de 1692.
Recién en Junio de 1580 llegó
Hernando de Lerma a Santiago del Estero, como gobernador del Tucumán
nombrado por el Rey en noviembre de 1577, con instrucciones del Virrey Toledo
y de la Audiencia, dadas en 1579 y con la ``la obligación de fundar un
pueblo en Salta''.
Después de algunas expediciones, Hernando
de Lerma por fin, fundó la Ciudad de San Felipe de Lerma en el Valle
de Salta el 16 de Abril de 1582 y en el mismo sitio donde se halla actualmente.
En 1587 se intentó trasladarla bajo
el nombre de San Felipe de la Nueva Rioja y en 1588 se trató de su mudanza
al río Siancas, pero sin resultado.
Con el tiempo, se la conoce simplemente por
Salta. En 1792 se la declaró capital de la Intendencia de Salta del Tucumán
y después de la Revolución de Mayo pasó a ser la capital
de la provincia de argentina del mismo nombre.
Bien merecen recordarse, así como
a Lerma, los nombres del Virrey Toledo, de Francisco de Aguirre y de Gonzalo
de Abreu, precursores de la fundación de Salta.
Como se verá, el nombre de Salta
existía mucho antes de su fundación y antes de la llegada de los
conquistadores. No es una palabra española, sino indígena, que
indicaba el nombre del lugar y, posiblemente, de una tribu. Es aventurado, entonces,
afirmar en sentido absoluto cual sea el verdadero significado de la palabra
Salta, como lo hicieran algunos al creer que viene de aquello de Salta para
que no te ahogues (Zorroguieta; M. Solá; Zinny); o de Sagta, que hermoso!
(A. L. Dávalos; B. Frías); etc., siendo en cambio un hecho comprobado
que, en casi todo el norte argentino y debido seguramente a la circunstancia
del arraigo de los elementos aborígenes y nativos, se conservaron los
nombres de los parajes respectivos en que fueron fundadas las ciudades por los
españoles y nó la denominación que les dieron sus respectivos
fundadores. Tal sucede con San Felipe de Lerma en el valle de Salta; Talavera
de Madrid de Esteco; San Fernando de Catamarca; San Miguel de Tucumán;
San Salvador de Velazco en el valle de Jujuy; etc.
LUGAR INSALUBRE
En una reunión celebrada el 6 de abril de 1587 se trató
la necesidad de trasladar la ciudad a un emplazamiento menos
insalubre, ya que el sitio estaba sitiado de ciénagas o
pantanos, que el fundador había considerado de importancia
estratégica para la defensa de la población, ya que
funcionaban a manera de fosos que facilitaban contener el ataque
de los indígenas que asediaban la ciudad permanentemente.
El tema del traslado fue tratado nuevamente en el Cabildo Abierto
de 18 de marzo de 1588, proponiéndose como nueva locación
las costas del río Vaqueros, sin embargo no se hizo lugar
a la moción porque el río no tenía un caudal
permanente todo el año y amenazaba con dejar a los
pobladores sin agua durante el invierno.
Finalmente prevaleció la actitud de conservar el
emplazamiento ordenado por Lerma y tratar de mejorarlo con
trabajos de ingeniería.
LA CAÍDA DEL DÉSPOTA
La ciudad de Lerma se encontró durante mucho tiempo sin
asistencia espiritual porque la actitud de su fundador
enfrentándose con los clérigos ocasionó que
ningún religioso quisiera aventurarse por sus dominios.
Cuando estuvieron designados Fray Francisco Vázquez y
Francisco Solís como administradores de la Catedral, sus
prédicas molestaron al Licenciado de Lerma, quien comenzó
a amenazarlos, a tal punto que los feligreses temían
entrar a la iglesia. No conforme con ello mandó
prenderlos, pero los clérigos se refugiaron en la Catedral
acogiéndose al seguro de asilo. Por lo que el Gobernador
se ensañó con los amigos de los sacerdotes dándoles
cárcel.
Finalmente las quejas llegaron a la Audiencia de Charcas,
autoridad por encima de la gobernación del Tucumán
que designó el 6 de noviembre de 1583 al Capitán
Francisco Arévalo Briceño alguacil mayor de la Real
Audiencia para que se encargara de atender las denuncias y en
1584 detuvo en Santiago del Estero al Licenciado Hernando de
Lerma. El pueblo manifestó públicamente su regocijo
cuando el déspota fue detenido y procesado.
El juicio fue iniciado en Chuquisaca, pero el Licenciado apeló
al Real Supremo Consejo de Indias y fue a dar a Madrid, donde fue
encarcelado y murió muy pobre antes de recibir la última
sentencia definitiva en su causa.
El gobierno quedó interinamente a cargo del Capitán
Alonso de Cepeda, quien se mantuvo en el cargo hasta 1586 cuando
asumió el nuevo gobernador designado por el rey, Juan
Ramírez de Velasco.
En 1587, luego de cinco años sin la asistencia de los
Sacramentos, la ciudad de Lerma recibió al Licenciado
Pedro López de Barrasa para que se hiciese cargo de la
Catedral y del consuelo espiritual de los salteños.
EL NOMBRE DE SALTA
Debido a los procederes del Gobernador del Tucumán y Fundador de Salta, sus contemporáneos juzgaron que lo único bueno que había hecho fue acatar la orden del Virrey Toledo de fundar una nueva ciudad, pero nadie quería recordar sus abusos y ni siquiera su nombre. Ya en Documentos no muy posteriores a la destitución de Lerma, la ciudad comienza a ser llamada San Felipe el Real o Ciudad de Salta.
El nombre del paraje, valle de Salta, era muy anterior a la fundación de la ciudad y puede provenir del nombre de los indios saltas; o salla ta “peñas-lugar”; o sagtay “reunión de lo sobresaliente”.
Otra versión aduce Dn. Atilio Cornejo en "Apuntes Históricos de Salta": "... cuando don Diego Almagro en compañía del inca Paullú, y sus numerosos soldados peruanos, se abrían paso hacia el reino de Chile, al llegar a las alturas del Angosto de Arias, desde donde descubre la mirada el anchuroso y pintoresco valle que se extiende al Sud, y que Lerma bautizó con su apellido, sorprendidos los expedicionarios por las bellezas del paisaje, exclamaron, en el idioma aimará, que era el de su nación: “¡Sagta! ¡Sagta!” que equivale a decir, muy hermoso, en idioma español"
Según los estudiosos del Ka-Kan, lengua de los nativos originarios, "SAJTTA" quiere decir lugar que se mueve, muy seguramente referido a la situación sísmica del luagar.
Acepciones que no se contraponen sino que enriquecen semánticamente el nombre del lugar que ha sido asiento de muchas poblaciones nativas antes de la llegada de los españoles, un lugar ubicado entre montañas, un valle hermoso que se prestó para ser reunión de importantes transacciones comerciales y hechos históricos.
EL NOMBRE DE SALTA ES ANTERIOR A SU FUNDACIÓN
Fué, sin duda, Francisco de Aguirre quién proyectó fundar una ciudad en el valle de Salta, de acuerdo a su vasto plan trazado respecto del actual territorio argentino. De ahí que el Virrey don Francisco de Toledo en los nombramientos de Gobernadores del Tucumán a favor de Gerónimo Luis de Cabrera (1571), Gonzalo de Abreu y Figueroa (1575) y Hernando de Lerma (1577) los extendiera ``con la condición de fundar una ciudad en el valle de Salta'', y en el sitio que mejor les pareciere, para contener a los indios chiriguanos y calchaquíes. El mismo Toledo autorizó a Pedro de Zárate en 1575 para fundar una ciudad `` en cualquiera de los tres valles, Salta, Jujuy o Calchaquí'', fundándola seguramente en Campo Santo, bajo el nombre de San Francisco de Alava siendo luego destruída por los salvajes. El oidor de la Audiencia, Juan Matienzo, en 1556, ya se refería al valle de Salta en su obra ``Gobierno del Perú''.
Como podemos apreciar el nombre de Salta ya existía como algo estable cuando los españoles llegaron a estos sitios. En efecto, en el acta de la fundación de Salta, realizada el 16 de abril de 1582 por el licenciado don Hernando de Lerma, se empieza así: “En este valle de Salta”, etc., y más adelante se dice: ''y que de hoy en adelante para siempre jamás se nombre y llame esta dicha ciudad, la ciudad de Lerma, en el Valle de Salta, Provincia de Tucumán, y que así se ponga en todos los autos y escrituras que se ofrecieren”.
Cuando fundó, pues, Lerma la ciudad, el nombre de Salta estaba consagrado, y se dice que “su señoría el señor Gobernador ha venido a este dicho valle y asiento con campo formado y gente de guerra, a la conquista de este valle de Salta, Jujuy, Calchaquí, Pulares, Cochinoca, Omaguaca y todos los demás circunvecinos y Comarcanos que son de guerra y rebelados contra el servicio de S. M.; y para poblar en su real nombre una ciudad y pueblo de españoles”, etc. Vemos, pues, en todos estos nombres de valles, palabras indígenas, indicadoras de las diversas tribus que los habitaron y que aún se conservan.
Antecedentes Fundación
Por Gustavo Flores Montalbetti
Con la llegada y el establecimiento de los europeos en territorio suramericano y a medida que fueron expandiendo su ocupación, los funcionarios reales estuvieron urgidos por la necesidad de “fundar ciudades hacia el sur” por diferentes motivos. Luego de la toma del Reino del Perú, el dictado de nuevas leyes y otras disposiciones provocaron agitaciones políticas y conflictos armados por su control entre partidarios almagristas y pizarristas desde 1537 hasta 1541. Motivos que llevaron al licenciado Vaca de Castro a tomar drásticas decisiones y medidas, buscando “(…) alejar a la gente de guerra que quedaba sin empleo en el antiguo imperio de los Incas, gente inquieta y peligrosa, aventureros de tan áspero gobierno en las ciudades como de fácil impulso para las expediciones más arduas y más fantásticas (…)”. Pues, de esa manera descomprimía la situación y a la par, extenderían los límites del territorio conquistado hasta ese momento, evitando situaciones que “perturbaban el espacio y ayudarían a descargar la tierra”. Luego de la batalla de Chupas, Vaca de Castro logró restablecer una paz relativa, sabiendo que “(…) en un puñado de ciudades había concentrada a disgusto gente ambiciosa y a menudo díscola (…)”, haciéndose necesario para mantenerla, el alejamiento de esos pequeños grupos de hombres nómades sin pueblo ni familia, acostumbrados a enfrentar peligros y sometidos a esfuerzos e inquietos por no haber sido aún “recompensados”, pero al formar parte de aquellas jornadas inciertas, iban con la promesa de obtener riqueza, ascenso social y hasta de participar en el gobierno con un cargo administrativo o eclesiástico. Podían encontrar la fortuna o la muerte. Los primeros
Para avanzar hacia la frontera sur de Charcas a ocupar y tomar nuevas tierras y bienes, debían reunir lo necesario, hombres, cabalgaduras, gente de servicio, armas, equipo y alimentos, además del acuerdo real; una tarea nada fácil, pretendida de llevar adelante y ser cumplida solo por un grupo de elegidos. En primer momento, desde mediados del siglo XVI con el otorgamiento de enormes extensiones territoriales a oficiales y soldados que cumplían servicios para la corona por su participación en aquellas jornadas o campañas exploratorias que eran retribuidas con “mercedes de tierras y encomiendas”. Casi todas las corrientes de exploración e invasión contaron con la guía y acompañamiento de yanaconas y lenguaraces. A partir del año 1535 varias de aquellas remotas entradas que ingresaron por la cabecera del valle Calchaqui y bordearon el río para llegar a la ciudad de Chicoana, se hicieron siguiendo el trazado de la excelente red caminera imperial. Antigua población en la que pararon a descansar y aprovisionarse. Todas permanecieron por espacio de varios días y aprovecharon de recabar información para definir el rumbo. La primera de las columnas vino al mando de Diego de Almagro y continuó descendiendo hasta la ciudad de El Shincal, después entraron por un paso natural al que llamaron San Francisco y atravesaron la cordillera para culminar en Copiapó, Chile. La segunda fue ocho años más tarde y en principio, estuvo capitaneada por Diego de Rojas, quién entonces, decidió tomar la dirección contraria y descendió a los llanos del Soconcho, buscando al Río de La Plata. Posteriormente hubo otras como las de Núñez de Prado y Francisco de Villagrán. El compromiso de fundar una ciudad
Cuando el virrey Toledo en septiembre de 1571 nombró a Jerónimo Luis de Cabrera gobernador del Tucumán, en primer lugar estipuló la obligación de poblar una ciudad en Salta y encomendar indios en la misma "(…) para que destos rreinos del pirú se pueda entrar a las dichas provincias sin el rriesgo y peligro que hasta aqui y de hasta salir a estos rreynos a contratar e mercadear conviene que se pueble un pueblo en el valle de Salta lo qual parese que hara bien el dicho don geronimo luis de cabrera de camino y como entrare en las dichas provincias de Tucumán (…), (…) en nombre de su magestad y por virtud de los poderes e comisiones rreales que para ello tengo que por su notoriedad no van aqui ynsertos doy poder comisión e facultad al dicho don geronimo luis de cabrera para que en el dicho valle de Salta en la parte y lugar que le pareciere que más conviene pueda poblar y fundar un pueblo de españoles dándole los términos y juridizión que le pareziere necesarios (…)". Aunque, por alguna razón particular, Cabrera desobedeció y marchó hacia el sur, donde se enfrentó con pueblos de las llanuras santiagueñas y en tierra de los Comechingones fundó la ciudad de Córdoba en julio de 1573. Ese mismo año, el virrey nombró a Gonzalo de Abreu en su reemplazo, reiterando la orden de fundar un pueblo en el valle de Salta y otro en Londres (Catamarca), y asegurando la obediencia estricta del mandato que le encomendaba, estableció en sus instrucciones: "(…) que no saldría de las dichas provinzias y juridizión de Tucumán Juríes e Diaguitas a ninguna entrada conquista ni población (…)”. Es evidente que, por más que los funcionarios asentados en Lima eran informados con frecuencia mediante cartas y relaciones que describían estos territorios, no les permitían tener dimensión cierta de su extensión ni de las dificultades y vicisitudes que debían sortear a diario. Y por supuesto, tener en cuenta las ambiciones personales. Aquella exigencia de fundar un pueblo en Salta, era a su juicio un acto indispensable para reducir a los nativos de la comarca, hacer sentir la acción del gobierno, acercar la justicia y extender el comercio. Si bien los nativos del valle de Lerma no oponían resistencia, los pueblos de zonas cercanas eran indomables, lo que implicaba, además de un grave riesgo para las poblaciones vecinas, un impedimento o escollo para expediciones y caravanas de comerciantes que circulaban entre las nacientes ciudades. Luego de deshacerse de su antecesor, Abreu intentó renovar la conquista de Calchaquí y tomo la decisión de fundar allí la ciudad requerida bajo el título de “San Clemente de la Nueva Sevilla”. Aunque, antes de mover las tropas marchó a reconocer el valle y estando en el real, los nativos los atacaron ferozmente y mataron a más de treinta de sus soldados. Emprendió veloz huida con los que quedaron. Las antiguas cartas no son contundentes en la información, pero a poco de regresar al fuerte de San Bernardo en el valle de Salta, se dirigió a la desembocadura de la quebrada de Escoipe y en sus cercanías, estableció por segunda vez el asiento de la ciudad. La rústica construcción o Pucára de Abreu, como más tarde se conoció, fue arrasada por los bravos nativos al poco tiempo. Algunos meses pasaron hasta que decidió marchar por el rio de Cianca ocho leguas aguas abajo para proceder nuevamente a fundarla en el transcurso del año 1576 y al igual que en las anteriores, alcanzando a levantar algunos recintos y muros. Sin embargo, los escritos no hacen alusión al tiempo que permanecieron, aunque se sabe que tampoco alcanzaron a establecerla plenamente. Los constantes y violentos ataques de las tribus chaquenses, provocaron su abandono; varios de los soldados desertaron y se dirigieron al Perú. Al respecto de este episodio fundacional, el Padre Jesuita Pedro Lozano, historiador y cronista, en el año 1733 recorriendo la zona escribió unos apuntes autógrafos, “Caminando desde el paraje donde primero estuvo el Fuerte del Pongo, se pasa el río Perico por unas cañadas limpias, que pasado se va al paraje que llaman Yaramé (hoy Yaquiasmé) de amenos prados y abundantes pastos. De aquí a 13 leguas hacia Salta se va a un río que se forma en unos manantiales y llaman los naturales en su lengua “estancia mayu” (el Mojotoro) muy abundante de pescado y de buenos pastos. De aquí a 5 o 6 leguas está Cobos, en cuyo camino hay muchos árboles de cebil y se encuentran las ruinas de “Salta la Vieja” que se mantienen aún en pie sin que las aguas ni el transcurso del tiempo las hayan consumido y solo se han criado algunos árboles y bosques dentro de ellas.
La fundación de Salta
Finalmente, el licenciado Hernando de Lerma fue nombrado en reemplazo de Abreu y al llegar al Tucumán, lo depuso y encarceló. En marzo de 1582, ante el escribano público de la ciudad de Nuestra Señora de Talavera de Esteco y con el recuento público de su tropa y equipo, escribió al virrey dando cuenta de su jornada y esperando en veinte días más, encontrarse en el valle de Salta y realizar la fundación que tanto esperaba. Ocho leguas al suroeste en el valle de Chicuana (actual población) y sobre el pequeño rio hoy llamado de Arias, bajo las leyes que tutelaban los actos fundacionales, el día 16 de abril de 1582 procedió a establecerla definitivamente, llamándola ciudad de Lerma en el valle de Salta. Permaneció algunos meses en el nuevo asiento dirigiendo la construcción de un fortín para dejar unos pocos soldados de custodia y emprendió el regreso a Santiago del Estero.