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Dr. Diego Zavaleta

MAESTRO DE LA MEDICINA ARGENTINA
SEMBLANZA DE UN HIJO DILECTO DE SALTA

Por Diego Cornejo Castellanos

“Tradición es la que lleva lo mejor de mi
respeto. Es el grupo de los entrañables maestros que tuve
como guía.Tradición es para mí, mi casa natal mi padre,mi madre, mi familia”
Dr.Diego Zavaleta

La República Argentina, desde hace décadas arrastra una visión equívoca acerca de su “propia identidad”, y por ende se le torna casi imposible pergeñar un proyecto viable de país, acorde con el devenir de los tiempos. De continuo en el seno de nuestra sociedad, se generan y exacerban innumerables controversias, erráticas y maniqueas, que sólo tienden socavar su desarrollo y mutilar cualquier escenario posible, que le posibilite salir de su recurrente decadencia.

Dr. Diego Zavaleta con Federico Leloir

La amnesia histórica característica entre los argentinos, se transformó endémica y está impregnada de parcialidad, enconos ancestrales cuando no de olvidos imperdonables. La figura señera del Dr. Diego Estanislao Zavaleta, cirujano de fama internacional, debido a su relevante trayectoria profesional, como a su temple austero, disciplinado, además de ameritar una “integridad moral demostrada tanto entre sus colegas y pacientes”, al presente lo hacen pasible de tamaña ingratitud: la omisión de su persona en la historia Salta a la que siempre amó, pero este silencio aunque resulte incongruente, enaltece aún más tan fecunda existencia.

Una personalidad poseedora de tan enriquecedoras facetas, requiere una investigación medulosa, exhaustiva, en donde el investigador se adentre en el “hombre” como en “el científico”. Esa simbiosis natural es la que permite avizorar más plenamente a las personas, y esa necesidad se torna primordial cuando se está ante la presencia de un ser, que alcanzó todas las posiciones más encumbradas a las que todo profesional tiene por meta conseguir, aunque excepcionalmente, son pocos los que cumplen con su sueño tan deseado.

¿Cómo fue Diego Zavaleta, el hombre?

Nacido en Salta un 8 de mayo de 1904, su padre era tucumano Diego P. Zavaleta y su madre Mercedes Linares, salteña, ambos pertenecientes a familias de viejo arraigo en el norte argentino.

Con orgullo evocaba: “mi hogar, de modesta posición económica, dedicados a las tareas rurales propias de la región”.

Luego de cursar sus estudios primarios en la Escuela Normal y los secundarios en el viejo Colegio Nacional de nuestra provincia, en febrero de 1922 emprende su viaje sin retorno para efectuar sus estudios universitarios.

Humorísticamente solía afirmar en cuanto a los jóvenes de su generación: “Los muchachos de Salta entonces éramos locos, pero conocíamos los límites del respeto”, pero su gran problema existencial, que él mismo nunca pudo develar es el porqué de su inclinación a la medicina.

Mi existencia vocacional fue cambiando en sus diversos períodos hasta cristalizar en algo, tras mucho andar y zigzaguear, en algo digo, que relaciono de cerca con la vocación”,

de este modo y con su habitual humildad, sin despojarse hasta sus últimos días acerca de su “enigma vocacional”, expresaba sus sentimientos más recónditos ante los numerosos asistentes al acto en que se lo distinguió con el título de: Maestro de la Medicina Argentina. En esa inolvidable ocasión relataba:

En mis tiernos años quería ser un soldado, al alto rango, de comportamiento heroico .La imaginación era un pájaro suelto. Nada le oponía vallas. Y ahí estaba yo, en medio de la cruenta batalla, con mi cierta eficacia, aureolado de heroísmo…

y en otro pasaje de su exposición manifestó con nostalgia:

…a veces me imaginaba insigne poeta o músico virtuoso, animado por el éxito y la fama. Por supuesto que aquellos recreos imaginarios estaban totalmente desconectados de mis posibilidades, como que jamás pude escribir una modestísima estrofa lírica y mi capacidad musical se ha distinguido por su pobreza”.

Pero una de las influencias que gravitaron en su decisión, según sus propias afirmaciones, fue la del doctor Luis Güemes, exponente esencial de la medicina en nuestro país, sin olvidar su significativa actuación política entre fines del siglo XIX y principios del XX.

En sus últimos años en la Facultad de Medicina, y luego de recibido de médico dictaba clases en un colegio secundario de Buenos Aires, para hacer frente a su magros ingresos económicos. Ya en Buenos Aires, su tío, el Dr. Luis Linares, poseedor de una gravitante presencia política y económica en Salta por espacio de casi tres décadas, tuvo un marcado influjo en la vida personal de su joven sobrino Zavaleta Linares, quien tiempo después contraería matrimonio con la hija adoptiva de su tío Luis, doña Estela Linares Villegas de cuyo matrimonio nacieron ocho hijos.

Tuvo numerosos amigos, pero los de su intimidad y con los que siempre se frecuentaba tanto en Salta como en Buenos Aires, eran su primo Arturo Figueroa Linares, Mariano, Jorge, Federico y Ángel Mariano Ovejero Linares, y con los hermanos y primos de su mujer, particularmente con el célebre e ingenioso doctor Guillermo “Ucururo” Villegas, con todos ellos su trato sobrepasaba los lazos de sangre, porque cabalmente eran sus amigos entrañables, en Buenos Aires mantuvo también relación amistosa con los Grales. Manuel Alvarado, José Rafael Herrera., otros contertulios fueron Jorge Alvarado, Guillermo Klix López, Héctor González Iramain, el doctor Emilio Hardoy, con quienes departía sobre asuntos concernientes a la vida de nuestro país.

¿Cuál fue el perfil profesional del doctor Zavaleta?

Graduado de médico en el año 1928 pasó en calidad de practicante por el Hospital Torcuato de Alvear, luego integró la Sala IV, de cirugía de Mujeres.

Dr. Diego Zavaleta (segundo de derecha a izquierda) en sesión de la Academia Nacional de Medicina de la cual fue presidente.

En 1930 ingresó a la Sala de Cirugía general, del mencionado Hospital, cuyo jefe fuera el profesor doctor Alfredo Buzzi. Pero 1931 se constituyó en el año determinante para la vida profesional del doctor Zavaleta, el encuentro con los eminentes cirujanos los hermanos Enrique y Raúl Finochietto, en el Hospital Rawson. Con satisfacción, refiriéndose a la personalidad de ambos afirmaba: “Pasaron mis años de practicante y en 1931 integré el limitado grupo de jóvenes médicos que acompañarían por largo tiempo a Ricardo Finochietto…”, acotando: “entonces llegó la maduración a mi espíritu y creció la vocación profesional. Con el doctor Finochietto supe y aprendí lo que es trabajar ordenada y tesoneramente, dije alguna vez que para ser verdadero maestro la entrega debe ser total y su trayectoria traslúcida”, prolongando en los espacios de su memoria decía: “Finochietto es palabra en que caben dos personas. Es fértil rama de dos gajos: los hermanos Enrique y Ricardo. Enrique con genio creador y Ricardo con incasable, sistemática y maravillosa vocación docente…”.

El doctor Diego Zavaleta que desde sus inicios como alumno universitarios no cejó ni un segundo en su afán por estudiar, investigar y enseñar, era un cirujano general, una estirpe en extinción como acertadamente la definió uno de sus colaboradores, se estimaba apto para operar tórax, abdomen, cuello, cirugía vascular, buscaba hallar soluciones a problemas de índole traumatológicos, urológicos, que hoy cada uno de estos aspectos implican una especialidad.

También recibía derivaciones de sus colegas sobre asuntos de alta complejidad, como cirugía de esófago, o una duodenopancreatectomía. No conoció límites en cuanto al tiempo dedicado en cada una de sus jornadas, iniciaba su actividad a las 8 de la mañana en el Hospital Rawson y a las 14 horas, ya hacía “posta” en el Sanatorio, a veces hasta entrada la noche. Su resistencia física era motivo de asombro para sus jóvenes discípulos y él acusaba el impacto con humor en especial con aquellos ayudantes que eran deportistas, pese a ello terminaban agotados. El doctor Zavaleta que se tenga memoria nunca hizo deporte alguno.

Su vocación docente forjada con el ejemplo y la rigidez en su conducta, tuvo como fruto la formación de cientos de cirujanos jóvenes pudiendo mencionarse a los doctores: Eduardo Trigo, Jorge Oglietti, Juan Carlos Olaciregui, Santiago Perera , Arturo Heidenreich, Eduardo Marino, René Bun Castellani, José María Avendaño, y Diego Zavaleta (h). En Salta, sus referentes, con quienes mantuvo contacto fueron los doctores Jorge Barrantes, Jorge A. González Diez y su sobrino el doctor Ricardo López Figueroa.

Entre sus contemporáneos en el campo de la medicina en Salta, consignamos los nombres de los Dres. Arturo Oñativia, Elio Alderete, y Jorge San Miguel. Resultaría un exceso detallar las múltiples distinciones conferidas por su incansable y encomiable labor, baste mencionar: Presidente de la Sociedad Argentina de Cirugía, Presidente de Congresos Nacionales e Internacionales , Académico de Medicina, ocupando tiempo despues la Presidencia de la Academia Nacional de Medicina.

A través de estas líneas, se intentó efectuar un esbozo sobre la ilustre personalidad del Dr. Diego Zavaleta, quedan por difundirse otros rasgos y actividades que lo distinguieron como a un hombre poseedor de una singular valía.

Bienvenido sea si lo expuesto tiende a movilizar la conciencia histórica de los argentinos, para que asimilemos esta omisión, para que de aquí en más procuremos preservar y difundir el legado moral y científico de una estampa enaltecedora para la República.

Parafraseando aquel pasaje bíblico: “solo la verdad nos hará libres”, en esta ocasión resulta oportuna para realzar a un paradigma de la talla del Dr. Diego Estanislao Zavaleta. Este ejemplo de vida servirá para retemplar y enriquecer nuestra conciencia nacional. El ilustre “Maestro” en el sentido más cabal del término, falleció el 9 de noviembre de 1989, y hasta en los últimos momentos de su existencia no aminoró su entrañable apego por la noble tierra que lo vió nacer. Por ello, su evocación constituirá sin duda un signo esperanzador para las generaciones presentes y sucesivas, tributándole el digno homenaje a tan esclarecida personalidad.


 

Dr. Diego Zavaleta

1904 - 1989

Por Dr. Julio Vicente Uriburu

Diego Estanislao Zavaleta era descendiente de vascos; sus antepasados vinieron a Tucumán en 1742, donde formaron el tronco paterno, y a Salta en 1784 donde se estableció la rama materna. Hijo mayor de Diego Zavaleta y de Mercedes Linares, nace en Salta, en 1904, Diego Estanislao.

Pasó en esa ciudad su infancia y cursó allí sus estudios primarios y secundarios. Pronto se despierta en él su vocación por la medicina y llega a Buenos Aires inscribiéndose en la Facultad en 1922.

Duros fueron los comienzos ya que contaba con escasos recursos económicos. Recibiose en 1928, cuando tenía apenas 24 años de edad.

Se ayuda con el sueldo que le proporciona el cargo de Profesor en Ciencias Biológicas en el Colegio Nacional B. Rivadavia, y con un cargo que le angustia, en un dispensario para leprosos.

Pero ya la cirugía se ha adueñado de él; entra en el servicio de Sobrecasas, del Hospital Alvear, y poco después, en 1932, consigue por concurso el ansiado puesto de Médico Interno. Casi 14 años permanecerá en este cargo, forja de cirujanos. Sus guardias le proporcionan un trabajo extenuante, que sabe sobrellevar merced a su vigor físico, espíritu de trabajo y temple heroico.

Una año –1931- marca un jalón en la carrera de Zavaleta: conoce a Ricardo Finochietto, quien ha sido designado Jefe de Servicio en el Hospital Alvear. Él y otros seis jóvenes cirujanos, constituyen el plantel de lo que será más adelante, la formidable Escuela Quirúrgica Municipal para graduados, y que dará sus frutos en el Hospital Rawson. Con los años, Zavaleta es el discípulo número uno del Jefe, y ocupa el cargo de subdirector de la Escuela.

Veinte años permanece en el Servicio de Ricardo Finochietto, hasta 1951, en el que obtiene -por concurso- la jefatura de la sala 15 del Hospital Rawson.

Aconsejado por Ricardo Finochietto, que me llamó y me dijo: "Zavaleta inicia una aventura en un territorio donde nunca estuvo. Es bueno que lleve un ladero. Ud. que es su gran amigo, vaya con él y acompáñelo". Fue así que tuve el honor que Zavaleta me llevara a su servicio, que pronto fue un centro de atracción para jóvenes cirujanos. Allí me distinguió con su amistad y me brindo sus enseñanzas. Fui su discípulo y amigo. Zavaleta era un amigo como pocos, y así supo hacerse querer por quienes se preciaron de su amistad.

Es en la Sala XV que, inspirado por las enseñanzas que antes recibiera de los hermanos Enrique y Ricardo Finochietto, y por lo que le dicta su experiencia y personalidad, creó su propia Escuela. Allí –decía Zavaleta- además de haber ejercido su profesión de la mejor manera posible, con criterio humano y científico, su gran satisfacción profesional residió en el hecho de haber contribuido a la formación de jóvenes médicos que, inclinados hacia la cirugía, se colocaron a su lado. También, decía, era su felicidad el haber trabajado con ahínco en el perfeccionamiento del postgraduado. Es que Zavaleta era un Maestro nato y se brindaba generosamente a sus discípulos.

Simultáneamente con su actuación en el Rawson, se inicia (1956) su labor en el hospital Bartolomé Churruca, siendo distinguido con el cargo de Asesor de Cirugía (1964). También allí dejó una pléyade de discípulos.

Fue uno de los últimos cirujanos "generales" a la manera de sus Maestros, los Finochietto. Podía intervenir en cualquier órgano o aparato, ninguno le estaba vedado. Para él, la cirugía no tenía secretos. Bien que le había costado largas noches en vela, disecando en la lóbrega soledad del anfiteatro y luego estudiando en su biblioteca, para verter sus conocimientos, así sólidamente adquiridos, en el paciente que se le entregaba confiado en su maestría.

Operaba a la perfección, con seguridad y técnica depurada: daba gusto verle operar y más todavía actuando como su asistente. Era incansable, podía permanecer por la mañana largas horas en el quirófano del hospital y luego seguir, con el mismo ritmo, por la tarde en la sala de operaciones del sanatorio.

Activo societario, presidió la Academia Argentina de Cirugía, El Colegio Argentino de Cirujanos, el 43º (cuadragésimo tercer) Congreso Argentino de Cirugía, y la Asociación Argentina de Cirugía. En todos ellos dejó huella de su capacidad y brillante personalidad.

En 1972 se produce un acto trascendental en la carrera de Zavaleta: se incorpora como Académico Titular en el sitial Nº 8 de la Academia Nacional de Medicina. Allí trabajó con tesón, y pronto fue llevado al Consejo, ocupando, sucesivamente, los cargos de Tesorero, Secretario General, Vicepresidente, y Presidente en 1984 y 1985; cargos que desempeñó con sabiduría y ecuanimidad.

Fue un activo escritor médico; libros y numerosos artículos lo prueban así. Se destacó también en trabajos paramédicos sobre ética, y sobre el ejercicio profesional. Hasta pocos meses antes de su muerte, permaneció en su escritorio escribiendo sus memorias (que nunca se publicaron). Allí, rodeado de la fantasmal compañía de sus amigos-libros, se deleitaba con las lecturas en las pocas horas libres que le dejaba el intenso ejercicio de su profesión. Tenía una completa biblioteca, no sólo de medicina, sino de historia, arte y literatura. Bien conocía a Letamendi aquello que, "Aquel que os dice que sólo de medicina sabe, creedme, que ni de eso sabe".

Dedicado a su cirugía, sus períodos de descanso eran breves. Gustaba entonces pasarlo en su establecimiento de "La Caldera" de su terruño nativo. Tenía allí buen ganado, y presidió la "Sociedad de Criadores Vacunos de Santa Gertudris".

Zavaleta formó su hogar con Estela Linares. Tuvieron la dicha de procrear 8 hijos, y la desgracia de perder, en accidente, uno de ellos en la flor de la juventud, hecho que lo afectó dolorosamente y del que pudo reponerse gracias a una cristiana resignación.

Fue un hombre íntegro en todo el curso de su vida; de conducta recta e intachable, tanto en su vida médica como civil, se destacan sus firmes convicciones y virtudes republicanas, por lo que no claudicó en momentos difíciles para nuestra Patria.

Su simpatía personal, su bondad, su afecto y cariño por ser el que sufre, serán recordados por todos sus pacientes y amigos.

Supo siempre vivir con dignidad, y con dignidad llevó su larga y dolorosa enfermedad final, recibiendo con entereza los Santos Sacramentos poco antes de su muerte.

De él –como de pocos- puede decirse con justicia lo que pensaba del IATROS .del médico- aquel que como nadie conoció los dioses y a los mortales, a los héroes y a los cobardes, a los sabios y a los necios: es el viejo Homero, quien, en perfecto hexámetro griego de su poema La Ilíada, dice:

"IATROS GAR ANER POLLON, ANTAXIOS ALLON"

"Pues el médico es un hombre que vale por muchos otros"

Médico de estirpe, a la vez humana y heroica, fue Zavaleta; por eso, su recuerdo permanecerá siempre vivo entre aquellos que lo conocieron, amaron y respetaron.

Fuente: www.iruya.com


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