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Biografías Salteñas

Doña María Magdalena de Lea y Plaza

Por Rodolfo Leandro Plaza Navamuel

Doña María Magdalena de Lea y Plaza nació en San José de Cachi del Valle de Calchaquí, en 1778. Heredó de sus padres extensas propiedades en Cachi, las que al contraer matrimonio se sumaron a las de Díaz de Lea y Plaza, alcanzando los conyugues una cuantiosa fortuna.

            Noble patriota, benefactora y ejemplar esposa, desde que se produjo la Revolución de 1810 estuvo entre las primeras mujeres decididas en colaborar con la causa de la emancipación. Aunque no tuvo hijos propios, crió desde la infancia a su sobrino nieto don Eduardo Plaza, aparte, en su vida conyugal adoptaron a una niña, llamada Flora, que llevó el apellido Díaz. Desempeñó asimismo un especial papel de madre con muchos de sus sobrinos carnales y con los hijos de algunos primos hermanos a todos los cuales brindó un esmerado cuidado.

            Conoció y trató con la casi mayoría de los próceres de su tiempo, que compartían las ideas y las convicciones de su familia, tanto de sus hermanos y primos como la de su esposo, a quien acompañó en todos sus emprendimientos y luchas. Se caracterizó en el Valle de Cachi por su espíritu caritativo, y fueron importantes sus donaciones de joyas y vestuarios para los diferentes escuadrones de la época de la Independencia, ayudando también en las guerras civiles de la década del 30’, a su hermano el coronel Manuel Ubaldo de Lea y Plaza, cuando se desempeñaba como Comandante General de los Valles de las “Fuerzas Revolucionarias Unitarias”, hasta su fallecimiento en 1837.

            Del mismo modo, desde el Valle de Calchaquí apoyó con dinero a su primo político el coronel doctor Gaspar López, en su militancia adversa a Rosas, hasta producirse la disolución de la Liga del Norte, en 1841. Doña Magdalena no solo aportó su fortuna a la causa, sino que ocupó un papel descollante en su oposición a la tiranía; era tal el grado de desasosiego que provocaba, que el gobernador delegado, coronel Evaristo de Uriburu y su ministro secretario Ciriaco Cornejo, le comunicaban el 20 de febrero de 1838, desde Salta, al general en jefe del Ejército Argentino Confederado, brigadier Alejandro Heredia, entre otros asuntos, que en los Departamentos de los Valles Calchaquíes se habían tomado mayores medidas de precaución y añaden que “Doña Magdalena Plaza debe venir con seguridad de los Valles Calchaquíes, y estará en adelante donde no pueda dar ensanche a su genio sedicioso”. Posteriormente fue acusada por sus adversarios “de ser una mujer privada de su razón”, siendo llamada “loca” y valiéndose de ello para intentar la confiscación de sus bienes. A pesar de aquellas infamias los fieles de Rosas no lograron su cometido y doña Magdalena prosiguió apoyando hasta el fin de la reorganización nacional, ya muy anciana, la causa unitaria.

            Su entrega y lealtad fueron inagotables en sacrificios y renunciamientos. El 18 de setiembre de 1855, doña Magdalena vendió la última propiedad rural que le quedaba en San José (Cachi), a su primo don Andrés de Lea y Plaza. Hizo un primer testamento ante el escribano don Heriberto Sandoval, luego otorgó otro el 5 de noviembre de 1855, que se protocolizó en Salta en la escribanía de don Manuel N. Quijano, y el 1º de diciembre de 1856 esta heroica mujer otorgó su último testamento ante el juez de primera Instancia del pueblo de Cachi, don Pedro José Frías, actuando como testigos don Dámaso de la Zerda, don Pío Bustamante, don José Díaz, don Carmelo Díaz, don Marcos Sandoval, don Pedro Delgado y don Francisco Navea: en dicho documento declara “... yo Da. Magdalena Lea Plaza, hija legítima de los finados Dn. Julián Lea Plaza y Da. Cándida Ríos, vecinos del Valle de Calchaqui de la Provincia de Salta, sin embargo de hallarme con salud cumplida, pero anciana y temerosa de que algún accidente imprevisto me sorprenda y prive de la serenidad y tiempo necesario, y creyendo como firmemente creo en todos los misterios y sacramentos que cree, confiesa y enseña nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana, en cuya fe y coherencia he vivido y protesto vivir y morir, especialmente en el de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo, y Espíritu Santo tres personas distintas y un solo Dios verdadero, en el de la Encarnación del Verbo Divino, en las purísimas entrañas de María Santísima, vida, pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesu Cristo y el de la Santa Eucaristía e invocando por mi protectora a Nuestra Señora de las Mercedes, al Santo Ángel de mi guarda y el de mi nombre, para que en todo tiempo me amparen y defiendan, ordeno éste mi testamento...” Entre las cláusulas, estaba la que disponía doña María Magdalena que su cuerpo “... sea amortajado con el hábito de N. S. de Mercedes y sepultado con entierro menor rezado y misa de cuerpo presente en la Santa Iglesia de Cachi...” Declaró además, no deber a persona alguna “pero si apareciere alguna deuda en mi contra justificada que sea por mis albaceas, mando se pague a la mayor brevedad”. Afirma haber “sido casada y velada según el orden de Nuestra Santa Madre Iglesia con el finado coronel Dn. Luis Borja Díaz de cuyo legítimo matrimonio no tuvimos sucesión alguna”. Debido a la circunstancia de no tener herederos forzosos, dejó sus bienes a varios familiares cercanos, especialmente y en primer lugar favoreciendo con la mayor parte a su sobrino nieto don Eduardo Plaza, “a quién he criado desde su infancia con amor de hijo...”.

            Doña María Magdalena de Lea y Plaza, figura en varios documentos que se conservan en el Archivo y Biblioteca Históricos de Salta, referidos también a facetas del transcurso de su vida posterior a la muerte de su esposo, mencionándosela como “viuda de honor” del coronel y comandante don Luis Borja Díaz, título reconocido por parte de muchos destacados personajes de la época que supieron honrar y apreciar su vida. Falleció casi un año y medio después de otorgado su testamento, a fines de marzo de 1858, en la casa de su sobrino don José María Plaza, en Cachi. Su acta de defunción reza así: “En esta Parroquia de Sn. José de Cachi a 28 de Marzo de 1858, sepulté en el Panteón con oficio cantado el cadáver de Da. Magdalena Plaza, viuda, de edad de 70 a 80 años: no alcanzó auxilios espirituales”. Firma: Pedro Columba.

 

 

 

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